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domingo, 15 de agosto de 2010

VERDE QUE TE QUIERO VERDE. EL JUEGO DE LA SEDUCCIÓN

I
“Pero yo odiaba a mi padre, y odiaba ser una niña buena,
¡lo odio!, estoy harta de mantenerme limpia,
quiero arruinarme, quiero “sentirme sucia””
(Misato Katsuragi. NEON GENESIS EVANGELION)

“Verde que te quiero verde” es un proyecto que nació de un ejercicio de collografía. El uso de hojas de tomate para generar una imprimatura de textura me fascinó; las nervaduras de las hojas, la forma en que éstas dejaban sus huellas sobre el papel. La forma que la placa adquiría con el óleo de la impresión no era sólo un objeto, era una puerta que me remitía momentos pasados; cuando olía la tierra mojada o el aroma de un chocolate caliente.
Ese sentimiento de humedad y recuerdos difusos… ¡Tomates verdes fritos! Sí, ese era el título de la única película que recuerdo de mi infancia; dos mujeres cocinando para el marido de una de ellas.
Humedad, vaguedad y humo eran el mismo sentimiento. La placa no era más que hojas verdes manchadas con el sepia del óleo; parecían cubiertas de lodo, similares al cuerpo del hombre que se mezclaba en el fondo de la olla con los tomates.
Tomates. Eran ellos la unión entre la obra y la película, metáforas armadas de sensaciones ocultas que eran desenterradas por ese recuerdo; el que me envolvía en un vértigo de vientre y mariposas en las entrañas… mujeres, mujeres que alimentaron ese día a los viajeros con el hombre; víctimas convertidas en victimarias.
Verde… verde… ¡Verde que te quiero verde! (García Lorca, 2001) Llegó así, sin más. El título de aquel poema, más que una sugerencia, una bofetada; y de nuevo la metáfora de otra pasión, de esa pasión de juventud por juventud, de narciso por su rostro (Lipovetsky) de belleza por belleza; esa doble petición o exigencia. El deseo por el verde más verde, por la juventud más joven, por la belleza más bella; una petición que no nace de la posesión sino del deseo, de ese deseo por aquello que carecemos.
No deseamos lo que poseemos, si no lo que carecemos; quién desea la frescura más que lo marchito, quién anhela el color más que lo opaco, quién añora la juventud sino aquel que la ha perdido.
Lolita llegó como una respuesta a esta interrogante. Lolita es esa petición encarnada, ese objeto de deseo, de lo más por lo más. Lolita no debe ser encasillada en las tribus suburbanas nacidas en el Japón ; es más bien un estereotipo del modelo narcisista heredado de la necesidad posmoderna de una híperrealidad que suprime las realidades para no ponerlas en riesgo (BAUDRILLARD).
Y comienza la búsqueda, la de los rostros de Lolita, y le encuentro laberinto; pues no es su ropa, ni su medio, no es su rostro o sus rostros, no es su edad, ni su falta de ésta ¿Qué es entonces Lolita?… le llevo a la estampa para hallar respuesta.
Dibujo niñas rodeadas de iconografías sexuales. Lolita se columpia despreocupada sobre falos que aparentan ser flores, que son un campo minado. Lolita es aquí, sobre la litografía; apenas un dibujo caricaturizado y sin rostro. Lolita juega con nosotros y la percepción nuestra. Lolita sonríe mientras oculta la mirada. Lolita es apenas una tarjeta sobre la que se ha eyaculado. Lolita es joven y verde, pero no tiene rostro, aún. No conozco a Lolita pues para ello necesito tocarle.
“Esta si es hueso de mis huesos
y carne de mi carne” (Gen 3; 23a)

Lolita se hace realidad. Transgrede la esfera platónica en que le había concebido y se hace muñeca –nueva metáfora- otro rostro. Lolita es ahora una muñeca de trapo con caracteres infantiles, tiernos; connotaciones de orientación sexual. Lolita es un consolador. Se convierte en ese vacío que llena otro vacío; ese hoyo entre las piernas revestido de moños y encajes.
La sola insinuación del objeto crea consternación y pánico; la presentación del proyecto como juguete sexual espanta al público que le rechaza con indignación. Lolita es relegada al plano de Underground, es entonces cuando descubro algo nuevo: Lolita es deseada… pero no puede ser tocada.
Creamos entonces un objeto de consumo que es válido, en tanto no pierda su divinidad, su facultad de omnipotencia a la que los hombres no pueden aspirar. Abucheos, indignación, moral, silbidos, Lolita tiene que bajar del estrado. Lolita escarba y se hunde en lo más profundo. Lolita es pecado, como pecado es amar aquello que no te es permitido, como pecado es desear tocar los modelos divinizados del colectivo, como pecado es romper aquel delgado fragmento virgen que le da el verde a la entrepierna de la juventud que anhelamos en este modelo.
Un minuto de silencio por favor… ha muerto la obra… o ha muerto el autor… el que no sabe en qué momento se le fue de la mano ese encuentro; primero con la sensación de haberse tocado a sí misma; clavarse en el fondo de sus recuerdos… ¿y no son estos los recuerdos? Materia difusa inasible, escurridizos como el humo… ¿Tiene sentido? Claro que tiene sentido, lo tiene en la mujer que crea la obra, en la que encuentra su rostro dentro del rostro de la obra; en tanto que se descubre como uno de los mil rostros de Lolita, al igual que las mujeres que devoran al marido, al igual que esas hojas frescas que se cubren de lodo y aún así son bellas.
No, no ha muerto aún. Lolita se levanta, se sacude y muestra una sonrisa triunfante; su laberinto crece y sus preguntas le protegen al tiempo que descarta las respuestas… porque lolita es eso… una pregunta lanzada al aire.
Lolita es cínica y se levanta de esta caída como una reina; como ese as bajo la manga, con uno y mil rostros que buscan ser el auténtico, el verdadero, el genuino. Lolita juega, juega conmigo, la artista. Se esconde tras rostros juveniles y verdes, frescos y cautivadores. Lolita se apropia de la imagen para saciar su sed de admiración y deseo; se fotografía y así protege su juventud, su eterna juventud. Se convierte en primavera eterna y abandona el tiempo de los mortales (Zavala, 1998). Lolita vence al tiempo con la imagen.
Abro esa ventana donde miles de rostros se agolpan al frente mío; face, hi5, la red se convierte en ese vasto mundo, en miscelánea o supermercado que ha capturado en esencia e imagen a Lolita. Niñas de todos los países se lanzan al frente dando voz y rostro a lolita diciendo: soi simpatica tierna me gusta estar en kontakto kon las personas k kiero. Mientras la otra se vende bajo el argumento de: zoI MuX CaRiÑoSa me encanta sentirme amada y puxzol una exelente noviesita. jiji conóceme . Tomo sus rostros eternamente jóvenes y me apropio de ellos. Le robo a lolita lo que ella me ha robado, le atrapo a manera de Sakura ; en una carta, como medusa que no pierde su poder después de muerta, pues ya lo está, sólo prolonga su maldición.
Lolita entonces se esconde tras una nueva metáfora: el póquer. Su bajo mundo se homologa y da un poco de sentido a este laberinto rizomático (Zavala, 1998) en el que se ha convertido Lolita.
Póquer y Lolita, dos delincuentes unidos por el juego ilícito, ambos ocultan sus rostros y se valen de la fama que se han creado. Son un rompecabezas, donde el ir y venir de imágenes se convierten en esa masturbación del deseo y del poder, en no encontrar principio ni fin; remiten a esa sensación primera de humedad y recuerdos difusos, del segundo antes del “sí” que cambió tu vida.
Se intervienen el uno al otro con el afán de encontrar una respuesta. Regresar al punto cero; crear simulacros de sus propios simulacros.
Lolita es verde. Lolita es póquer, es juego encarado en un rompecabezas que da vueltas y vueltas. Crece y se hace pequeña, entra y sale. Comienza pero no termina. Nace… pero al igual que la imagen… nunca muere.

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